miércoles, 1 de febrero de 2012

ERASE UNA VEZ



- Mamá- dijo la pequeña Julia- de mayor quiero ser “seño”, como Amalia… Aunque no sé si podré, ¡ella sabe tantas cosas y es tan buena…! Fíjate que hasta es buena con Juan Belmonte que siempre pega a todos los niños… ¿Tú crees que yo podré?
- Sí, cariño, sólo tienes que tener ilusión, ser coherente con lo que piensas y ser capaz de ponerte en el lugar del otro para que, así, los niños puedan aprender mejor.- Contestó la madre mirando a Julia con ternura.
- No te entiendo, mami. ¿Qué quieres decir?
- Verás, voy a contarte un cuento para que lo comprendas, ¿quieres?:


“Esta es la historia de una niña que se llamaba Gabriela.
Gabriela vivía con sus padres en un pueblecito de España. Iba todos los días a la escuela y, como muchas otras niñas de su edad, en sus ratos libres, se entretenía jugando a las maestras.
Fue creciendo, fue a la universidad y, con 19 años, terminó sus estudios para ser “profe”; aquel día, Gabriela estaba nerviosa; nerviosa y alegre. Igual que sus amigas, se sentía feliz. Feliz porque, por fin, iba a comenzar su sueño. El sueño de enseñar.
La primera escuela en la que trabajó, estaba en un pueblo que se llamaba Tierra de Campos. Allí, los niños tenían que trabajar en vez de ir al cole y muy pocos sabían leer; bueno, la verdad es que sólo sabía uno…; además, la escuela estaba vieja y fea, sin sillas ni cuadernos, ni lápices de colores, como los que tú tienes. –En un sitio tan feo no se puede aprender bien- pensó Gabriela- y, rápidamente, se puso manos a la obra para, con toda su ilusión, mejorar aquello.
No fue tarea fácil ya que en el pueblo pensaban que era muy joven para ser maestra y ni siquiera les gustaba que quisiera hacer teatro con los niños, pero ella seguía adelante; día tras día, escribía en su cuaderno todo lo que había conseguido, decoró y pintó la clase, puso unos arbolitos en el aula e, incluso, creó una pequeña biblioteca para sus alumnos. Cada vez sentía más ilusión por su trabajo, veía como los niños la sonreían, cómo ella podía compartir todo lo que sabía con ellos, cómo aprendían y querían descubrir lo que pasaba a su alrededor.
Pero llegó el invierno y enfermó. Se puso muy, muy malita y tuvo que dejar el pueblo e irse a casa con sus padres.
Después de unos meses, se puso buena otra vez, así que decidió volver a trabajar como maestra; al fin y al cabo, ¡era lo que le gustaba! Para ello, tuvo que hacer un examen muy duro, de esos que llaman “oposiciones” y, después, cuando lo aprobó, se marchó muy lejos, a África. Tenía mucha ilusión, quería aprender de la gente que allí vivía, conocer paisajes nuevos y, por fin, después de un largo viaje en barco, llegó a Guinea.
Allí, todos los niños la esperaban sonriendo. Y aprendían. Cantaban canciones que Gabriela les enseñaba. Y ellos también les enseñaban las suyas. ¡Ahí todos aprendían cosas!
Algunas personas la intentaban convencer de que, por ser negros y no tener la misma religión, valían menos, pero a ella no le importaba lo que dijeran; ella solo quería enseñarles cultura para que pudieran ser más libres y decidieran lo que querían hacer cuando fueran mayores.
Gabriela era muy feliz en Guinea, con sus queridos alumnos y su amigo Emile, que además era médico, pero se puso otra vez mala, con una enfermedad muy grave, y tuvo que volver a España; ¡otra vez su sueño se rompía!
Sin embargo, Gabriela no se daba por vencida. Sabía que con optimismo y voluntad lo conseguiría, así que, cuando se puso otra vez buena, fue a trabajar a otro pueblo que se llamaba Castrillo de abajo. Allí conoció a un chico, que también era maestro, pero del pueblo de arriba, y hablaban todos los días de lo contentos que estaban por poder enseñar; hablaban de los niños a los que daban clase, y compartían sus ilusiones.
Gabriela y Ezequiel, que así se llamaba el chico, se casaron y, después de unos meses, tuvieron una niñita a la que llamaron Juana. Tampoco allí fue fácil; a los señores del pueblo, no les parecía importante el trabajo que ellos hacían y, cada vez que intentaban mejorar la escuela, ellos se negaban. Poco a poco, fueron aceptándolos y confiando en ellos y ¡hasta hubo un día en el que pudieron llevar una escuela ambulante que les enseñó música, cine y un montón de cosas más!
Ahí estaban contentos, pero se veían muy poco porque Ezequiel todo el día estaba en el pueblo de arriba y, para estar más tiempo juntos, decidieron irse de Castrijo y buscar un pueblo donde pudieran trabajar los dos.
El lugar al que llegaron se llamaba Los Valles; un pueblecito que estaba dividido en dos: el de arriba y el de abajo. Ellos vivirían en el de abajo, que era en el que estaba su escuela; y el de arriba, con otro cole distinto, era al que iban a estudiar los hijos de los señores que trabajaban en las minas de carbón.
Allí conocieron a Marcelina, que tenía tres hijos, y uno de ellos, el mayor, era diferente; era menos listo que los demás y por eso no le habían dejado ir a la escuela. Sin embargo, Ezequiel y Gabriela decidieron que ellos le enseñarían porque, ¿por qué no iba a poder aprender el pobre Mateo como los demás chicos?
También conocieron a Germán, el alcalde de pueblo, que en cuanto los vio llegar se dio cuenta de que las cosas saldrían bien; eran listos y confiaba en ellos porque sabía que podrían ayudar a cambiar lo que iba mal. Y a Inés, la maestra del pueblo de arriba, a quien Gabriela ayudó a hacer una fiesta cultural con poesías y teatro y música y… ¡de todo!
Además de todo eso, como Gabriela y Ezequiel ponían tanta ilusión en su trabajo y en lo que creían, decidieron que, a partir de ese momento, en Los Valles darían clases a los niños y a las niñas juntos; y también habría clases para los mayores, para los papás y las mamás de los niños que iban al cole; querían que todo fuera mejor. Deseaban cambiar la sociedad con su manera de enseñar.
            Todo iba bien en la escuela; parecía que ya habían encontrado su sitio; sin embargo, por esas cosas tontas que hacemos a veces los mayores, en España había muchos problemas; ¡incluso decían que era culpa de los maestros por cómo habían enseñado a sus alumnos! Luchaban unos contra otros y a Ezequiel lo cogieron unos policías y lo metieron en la cárcel, así que Gabriela y Juana se quedaron solas.
            Gabriela estaba triste y solo se divertía y sonreía en su escuela, con sus niños; para ella, era como la medicina que te da a ti el médico cuando estás malita y que te pone buena tan rápido. Y un día, sin esperarlo, volvió Ezequiel. El problema es que todas esas luchas seguían y, al final, en una de ellas, mataron al pobre Ezequiel…
           
Pero, bueno, eso es otra historia. Es una de mayores, triste y sin la alegría y dedicación de los maestros. Ya te la contaré otro día…

-Mamá… Creo que, aunque el pobrecito Ezequiel muriera y Gabriela y Juana se quedasen solas, sus niños, los de sus clases, seguro que se acuerdan de ellos. Porque les ayudaron un montón y les enseñaron muchas cosas… Y seguro que eso para ellos era importante.
- Sí, cariño, yo creo que sí.
- Mamá… Creo que ya he entendido como tiene que ser una maestra. Y, ¿sabes qué? Que me parece que yo seré como Gabriela.

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