Mi carrera profesional como maestra de Educación Infantil comienza
hace 11 años, trabajando en un colegio concertado de la zona Noroeste de
Madrid.
Desde muy pequeña tenía claro que mi vocación estaba en las aulas,
a pesar de que mi experiencia como alumna no fue del todo satisfactoria.
Demasiados profesores que no aportaban mucho, asignaturas que no me interesaban
lo más mínimo y la sensación de que en el cole te enseñaban cosas que no
servían para nada, sobretodo para la vida, una vez que las extrapolabas del
aula a la vida diaria, no les
encontraba ninguna ubicación práctica. Había que saberse las cosas porque sí,
no se estudiaban las cosas que realmente nos interesaban y había un ambiente en
el que había una clara separación entre los alumnos y profesores.
He de resaltar, que de toda mi etapa escolar tengo en el
recuerdo tres o cuatro profesores, que
me hicieron pasar muy buenos cursos: grandes personas y grandes profesionales.
¡Qué bien se aprendía con ellos y qué fácil se veían sus asignaturas! Parecía
que hacían magia y que sin darte cuenta además de pasar un buen rato te
llevabas la lección aprendida. Lo malo es que como he dicho anteriormente estos
profesores no abundaban, así que había que tener mucha suerte para que te
tocara en sus clases.
Quizás por todo este argumento se me planteó la idea de estudiar
magisterio para aunque fuera desde mi “micromundo” ( mi aula) poder aportar ese
granito de arena para cambiar todo aquello que en mi infancia como escolar, no
había tenido sentido.
Con 18 años empiezo a estudiar la carrera de Historia en la
Universidad Complutense de Madrid. Curso hasta tercero y después de acabar
dicho curso lo dejo y me matriculo para
el curso siguiente en Magisterio de Infantil.
Acabo la carrera compaginando horarios con un trabajo que me busco
de secretaria para poder costearme los estudios. Al acabar y tras varias entrevistas profesionales me dan un trabajo de tutora en
una clase de Infantil.
Al principio me pasan por la cabeza muchas dudas: ¿ valdré para
esto? ¿ podré transmitir a mis alumnos todo lo que llevo dentro? Tengo
sentimientos encontrados, por un lado mucha alegría y ganas , por otro miedo por la gran responsabilidad
que me supone pensar en lo que voy a hacer. En el fondo sé que esto es en lo
que quiero trabajar y me animo diciéndome y pensando que voy a ser capaz de
hacerlo y además bien.
Desde entonces, han transcurrido once años en las aulas. ¿ El
balance? Muy positivo, es cierto que no todo ha sido fácil, ha habido momentos
de inseguridad, de cansancio, de incomprensión....pero qué gratificante es ver
como esos niños pequeñitos que empezaron el cole conmigo: todavía tengo en el
recuerdo como esos primeros días lloraban y lloraban porque no querían
separarse de sus madres y me miraban de manera desconfiada, ahora me ven por
los pasillo y me cuentan sus cosas, me
felicitan por mi cumpleaños y me dicen que se acuerdan de lo bien que lo
pasaron en mi clase y sobretodo lo felices que eran. No sé si es egoísta, pero
además de con gran cantidad de recuerdos( que son demasiado extensos como para
relatarlos) me quedo con esa frase “ lo felices que eran”. Ser feliz en esa
etapa de la vida es fundamental para un buen desarrollo tanto emocional como
para el aprendizaje.
Cuando uno está feliz lo transmite a los demás, tanto a sus
compañeros como al profesor que le sirve de motor para seguir adelante en su
labor educativa. De esta manera la relación alumno- profesor se retroalimenta y
culmina con un aprendizaje satisfactorio y por supuesto significativo.
Pero no debemos olvidar aspectos fundamentales para ser un buen
profesor como la motivación, empatía, coherencia, optimismo, alegría,
creatividad, espontaneidad, paciencia, afectividad, colaboración,
responsabilidad y ganas de aprender: de ahí que
a mis 37 años, tres hijos y 11 años como maestra me matricule en la
universidad de nuevo para cursar una segunda especialidad y así ampliar mis
conocimientos por si llega la ocasión, poder conocer un poco más otras etapas
educativas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario